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Barea vuelve a casa


Discurso de William Chislett, comisario de la exposición sobre Arturo Barea en la Biblioteca de Extremadura, 7 de mayo de 2018

 

Primero y brevemente voy a explicar porque un inglés con acento de guiri, a pesar de mis muchos años en España, ha intentado restaurar la figura de Barea con una exposición basada principalmente en su archivo. Pasé los primeros seis años de mi vida y los últimos seis de Barea (entre 1951 y 1957) viviendo en un pueblo del condado de Oxford, mi ciudad natal. Nunca imaginé que me fuera a encontrar tan cerca de su hogar en Faringdon, aunque eso lo descubrí muchos años después.

Supe de la existencia de Barea en la serie de Mario Camus, La forja de un rebelde, en 1990, y he llegado a conocerle mejor a través de los homenajes que he organizado, restaurando su lápida conmemorativa en 2010, colocando en 2013 una placa sobre la fachada de The Volunteer, su pub favorito, ambos en Faringdon, y logrando en 2017 que se le diera su nombre a una plaza en Madrid en Lavapiés donde se crió, con el apoyo de los cuatro partidos. Me parecía absurdo que fuera mejor recordado en su país de exilio que en su país de origen. Espero que algún día el Ayuntamiento de Madrid instale una inscripción en su memoria en la fachada de lo que fueron las Escuelas Pías también en Lavapiés (hoy día una magnífica biblioteca de la UNED), donde estudió hasta los 13 años y cuya quema en 1936 presenció. Y espero que el Ayuntamiento de Badajoz coloca una placa en la fachada del número 20 Calle Vicente Barrantes, antes Calle Magdalena, donde nació Barea.

Barea ha tenido más suerte con estos gestos que su compatriota Manuel Chaves Nogales, otro gran escritor y también exiliado en Inglaterra, que murió en 1944. Está enterrado en Londres y no hay nada que indique que allí reposan sus restos.

Dicho esto, Barea no ha tenido mucha suerte en su ciudad natal donde pasó sus primeras semanas. El insigne escritor, uno de los hijos ilustres de Badajoz, fue durante once años Arturo Barco en el callejero de la ciudad. Un error del ceramista que hizo el rótulo le cambió el apellido, y así colocaron la placa en una vía paralela a Sinforiano Madroñero. Fue en 1998 cuando alguien descubrió la errata en el apellido del escritor. Aun así, en 'Google Maps' - el callejero virtual más usado de Internet - todavía se pueden localizar pistas de la antigua calle Arturo Barco, en la que hoy es ya Arturo Barea. Además, en su lápida conmemorativa está grabado que nació en Madrid.

Su padre, un agente del servicio de reclutamiento del Ejército, murió pocas semanas después de su nacimiento en 1897. Su madre, Leonor, y sus otros tres hijos se trasladaron a Madrid donde residía su acomodado hermano José. En palabras de Inés, la abuela paterna de Barea, “cuando tu madre se quedó viuda, lo único que Dios hizo por ella fue dejarla en un hotel con dos duros en el bolsillo y tu padre fiambre en la cama”.

En Madrid, su adorada madre tuvo que emplearse como lavandera en el río Manzanares, una experiencia que proporcionaría el evocativo comienzo de La forja, el primer libro de su famosa trilogía autobiográfica, La forja de un rebelde: “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre los traseros hinchados. Para mí, La forja de un rebelde es el mejor y más honesto libro para entender la España de los primeros 40 años del siglo XX.

Esta exposición se llama “Arturo Barea: la ventana inglesa” y por esto voy a enfocarme sobre su 18 años en Inglaterra entre 1939 y 1957, casi la mitad de su vida adulta. Todos sus libros fueron publicados en Inglaterra, traducidos por su segunda mujer, la austriaca Ilsa, salvo el primero, Valor y miedo, publicado en Barcelona después de su partida hacia el exilio. Fue el último libro que vio la luz en la ciudad condal, antes de la entrada de las tropas de Franco. La exposición incluye la primera edición de este libro raro.

Barea e Ilsa se conocieron en la Oficina de Censura de Prensa Extranjera de la República durante la Guerra Civil. Desembarcaron en Inglaterra en febrero de 1939, seis semanas antes de que se produjera la derrota de la República y después de un año en Paris donde estuvieron “hambrientos por meses” en una habitación maloliente del Hotel Delambre (el “hotel del Hambre”, según ellos, en un juego de palabras).

El tenía 41 años y ella 36. Estaba, según sus palabras, “desposeído de todo, con la vida truncada y sin una perspectiva futura, ni de patria, ni de hogar, ni de trabajo […] rendido de cuerpo y de espíritu”. Pero bajo el brazo llevaba el manuscrito del primer libro de La forja de un rebelde. Tenía los nervios tan destrozados que, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de ese mismo año, vomitaba cada vez que sonaban las sirenas antiaéreas, al recordarle los bombardeos de Madrid durante la Guerra Civil.

Los bombardeos constantes en Madrid y los días de dieciséis horas de trabajo como censor de la prensa extranjera y en la radio le habían ocasionado una crisis nerviosa. Barea y Ilsa se fueron a vivir al pueblo de Puckeridge, en el condado de Hertfordshire. Barea se sentía a gusto en Inglaterra, aunque en algún momento pensó en emigrar a México. Sin embargo, “más de lo que esperaba y más de lo que parecería previsible en un español, me aficioné a la vida inglesa en seguida, y me enamoré de la campiña inglesa», con la excepción de «este maldito tiempo inglés”, escribía.

En agosto, pocos meses después de aterrizar en Inglaterra, la revista The Spectator le publicó el relato, A Spaniard in Hertfordshire (Un español en Hertfordshire), en el que comparaba su nueva vida bucólica con la de España: “Las dos personas que más me asombraron por representar el contraste más perfecto con lo que era habitual en España fueron el policía local y el párroco del pueblo. El cartel que decía Policía de Herts me convenció, pero el joven alto y de rosadas mejillas me parecía salido de un cuento: hasta que no le vi con el uniforme completo en su bicicleta (¡en su bicicleta!). Y seguía pensando en la sombría Guardia Civil sobre sus caballos negros, con sus tricornios y siempre en pareja porque cuentan con el odio sempiterno de todo el campo. Uno no puede imaginarse que se quiten el uniforme ni para dormir”.

Con respecto al pastor protestante Barea escribió: “vino creyendo que éramos católicos —tengo que admitir mi educación católica y mi completo alejamiento de la Iglesia—, nos ofreció su ayuda y se fue en su bicicleta”. Barea, acostumbrado al oscurantismo de la Iglesia en España, se sorprendió de “la fácil aceptación de alguien que no tenga sus creencias”.

En septiembre, cinco días antes del comienzo de la Guerra Mundial, su suegro, un judío austriaco, y su suegra se fueron a vivir con ellos.

En junio de 1941, se publicó su Struggle for the Spanish Soul (La lucha por el alma española), un estudio sobre las raíces históricas y la realidad económica del fascismo español. El manuscrito mecanografiado y la primera prueba se perdieron cuando las bombas alemanas arrasaron la imprenta que la editorial tenía en Plymouth. Por fortuna, Barea había conservado una copia.

The Forge (La forja), el primer libro de la trilogía, fue publicada en 1943 por Ilsa, una políglota extraordinaria (hablaba bien cinco idiomas europeos). Barea la describió en La forja: “La mujer se sentó frente a mí al otro lado de la mesa: una cara redonda, con ojos grandes, una nariz romana, una frente ancha, una masa de cabellos oscuros, casi negros, alrededor de la cara, y unos hombros anchos”. Sus traducciones al inglés de las obras de Barea son tan buenas que es difícil creer que los libros no hayan sido escritos en inglés en primer lugar. Además, proporcionó estabilidad, inspiración, e incluso los medios gracias a los cuales Barea pudo escribir. Ella fue clave en el proceso de su trabajo diario. En una carta a Ramón J. Sender en 1947 Barea dijo que “sin la Guerra Civil yo no hubiera sido un escritor; tampoco hubiera al fin conocido a Ilsa y sin ella, tampoco hubiera sido escritor, ni hubiera encontrado esa cosa tan rara y que suena tan pedante que es el amor.”

Después, y ese mismo año, le siguió The Track (La ruta), sobre la guerra colonial en el Marruecos de los años 20, y en 1946 The Clash (La llama), que se centró en la Guerra Civil. En el prefacio a la edición inglesa de La ruta, Barea explicó la razón de ser de la trilogía: “Quería descubrir cómo y por qué he llegado a ser el que soy; quería comprender las fuerzas y las emociones que están detrás de mis sentimientos y acciones actuales. Traté de encontrarlas, no por medio del análisis psicológico, sino evocando las imágenes y las sensaciones que alguna vez vi y sentí, y que más tarde fui absorbiendo y retocando inconscientemente”.

Los tres libros se publicaron por Faber and Faber, en cuyo consejo estaba el poeta y escritor de origen estadounidense T.S. Eliot, a quien fue concedido el Premio Nobel de Literatura en 1948. George Orwell, que había luchado con el POUM, definió a Barea como “una de las adquisiciones literarias de más valor que Inglaterra hizo a raíz de la persecución fascista”.

En 1944, Barea publicó un estudio pionero, Lorca: the poet and his people (Lorca, el poeta y su pueblo). El libro influyó decisivamente en la pasión por el poeta de mi amigo Ian Gibson, su biógrafo. “Es difícil estar seguro —han pasado muchos años—, pero sospecho que, si no hubiese caído entonces en mis manos aquel librito, quizás no me hubiera embarcado en la aventura de ser biógrafo del poeta, me dijo. Este libro fue publicado en Argentina en 1956 pero no se publicó en España hasta marzo de este año, y en una edición del Instituto Cervantes.

En 1945, le siguió un folleto titulado Spain in the Post-War World (España en el mundo de la posguerra), en el cual abogaba por el derrocamiento del régimen de Franco por parte de los aliados y su sustitución por una república; en 1951, publica una novela, The Broken Root (La raíz rota), que es un especie de secuela de The Forge, pues trata las consecuencias de la Guerra Civil dentro de España y el dolor del exilio; y en 1952, un pequeño estudio sobre Miguel de Unamuno. Barea, a diferencia de Antolín —el protagonista de la novela, que también tenía pasaporte británico como el autor (se le concedió en 1948)—, nunca regresó a España.

A Barea se le conoce sobre todo por su trilogía La forja de un rebelde (publicado en diez idiomas). Las ventas de Barea entre 1948 y 1952 lo convirtieron en el quinto autor español más traducido del mundo, después de Cervantes, Ortega y Gasset, Lorca y Blasco Ibáñez, según la Unesco. También alcanzó la fama por las 856 charlas semanales de 15 minutos que dio para la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC —y que se emitieron desde 1940 hasta un día antes de su muerte en 1957—, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, con el que quiso proteger a su familia en España. Su sueldo en la BBC constituía la fuente principal y estable de sus ingresos anuales.

Durante la Guerra Mundial, sus charlas tenían un propósito propagandístico con el fin de contrarrestar la propaganda de los nazis en América Latina. Barea daba una visión muy favorable del país, tal vez por haber sido recibido con los brazos abiertos.

Gran parte del material para las charlas estaba inspirado por la gente que Barea conoció en los pubs. Algunas de las charlas se centran en La Tabernita de Frank, que no existía. La Tabernita incorpora elementos de varios lugares, en particular de su pub favorito en Faringdon, The Volunteer, donde está la placa. La experiencia en los pubs le ponía en contacto con las clases populares y le daba la oportunidad de preguntar sobre sus vidas. En sus charlas, Barea comentaba aspectos sociales, políticos y económicos de la vida inglesa. En una de ellas, titulada Cuestión patriótica, hablaba sobre su solicitud de ciudadanía británica: “El primer acto de Inglaterra para mí fue abrirme sus puertas, simplemente porque era un desgraciado sin patria por defender ideales de humanidad y fraternidad dentro de una comunidad libre que había perdido su libertad por la violencia. El segundo fue ayudarme en mi miseria. El tercero fue darme un puesto en la lucha que este mismo país entabló seis meses después de mi llegada por defender sus propias libertades contra los que, al igual que rigen hoy en mi país de origen, pretendían regir el mundo entero. Me sentí hermano entre ellos y me trataron como hermano suyo”.

En otra charla Barea cuenta una historia de huevos fritos. A Barea le gustaba cocinar y tenía un fino sentido del humor. David Buckle, un sindicalista inglés conocido de Barea durante los años 50, me contó que fue invitado a comer calamares en su tinta en la primera visita a su casa. No pudo comerlos por el aspecto físico. La siguiente vez que fue invitado, Barea le puso una venda en los ojos antes de sentarse a comer. Pasados unos minutos, le preguntó si le gustaba la comida y dijo que sí, le hizo quitarse la venda y pudo ver en el plato los calamares en su tinta.

Barea escribió reseñas de libros y ensayos en publicaciones como la revista Horizon, la más prestigiosa de la época, y en el Times Literary Supplement (sobre Rafael Alberti, entre otros).

Barea escribió una larga reseña sobre The Spanish Labyrinth (El laberinto español) —el gran libro de referencia del escritor inglés Gerald Brenan sobre los antecedentes sociales y políticos del conflicto fratricida—, donde utiliza su propia experiencia política. Al igual que La forja, El laberinto español no fue publicado en España hasta después de la muerte de Franco.

Barea también escribió prólogos elogiosos a la primera edición en inglés de Epitalamio del prieto Trinidad, de Ramón J. Sender y de La colmena, de Camilo José Cela. Ambos libros fueron publicados en Inglaterra antes que en España. Barea mantuvo una buena relación epistolar con Sender y con Cela.

Cuando la editorial Losada de Buenos Aires, fundada por exiliados, decidió publicar La Forja de un rebelde en 1951, Arturo y Ilsa se daban cuenta que habían perdido el manuscrito en español. Lo tuvieron que reescribirlo a partir de la versión en inglés. El texto estaba plagado de errores gramaticales y anglicismos y no fue corregido hasta la edición de Debate en el año 2000.

Un artículo del periodista George Pendle en 1952 sobre la literatura española provocó una queja de “las autoridades culturales de Madrid” por haber dicho que Barea era un escritor español: “Esa gente me informa de que usted ya no es un escritor español, del mismo modo que Conrad no es un escritor polaco”, escribió Pendle a Barea, “me dicen que usted dicta a su esposa (en una lengua que evitan precisar) y que, a continuación, ella traduce sus pensamientos al inglés. Con su permiso, me gustaría refutar esa declaración oficial”.

Barea e Ilsa se sentaban a trabajar juntos en una mesa grande de roble con lámparas de aceite colgadas del techo, Barea escribiendo en español, Ilsa traduciéndolo al inglés. Barea usaba una Underwood, una voluminosa máquina de escribir con teclado inglés, y tenía que marcar a mano todos los acentos. Arturo e Ilsa fumaban tanto que las paredes de la habitación estaban ennegrecidas por el humo.

Ese mismo año de 1952 fue invitado por el Pennsylvania State College en Estados Unidos a dar clases de literatura española durante seis meses, todo un logro para un autodidacta que había dejado el aula con 13 años y cuya única experiencia como docente fue enseñar a escribir y leer a soldados analfabetos cuando estuvo en el Ejército

Los oyentes votaron muchas veces a Barea como el locutor más popular del servicio de América Latina. El éxito de las charlas fue tal que la BBC le envió en 1956, un año antes de su muerte, de gira durante dos meses por Argentina, Chile y Uruguay, donde dio múltiples conferencias y entrevistas, y asistió a numerosas recepciones y firmas de libros. La exultante acogida se debió no solo a su trabajo como locutor, sino al éxito de sus libros en América Latina. Durante la gira, en la propaganda contra Barea publicada por los partidarios de Franco se le denominaba Míster Arthur Barea (Beria) —deformación deliberada de su apellido tomando como una referencia al jefe de seguridad de Stalin— y que apuntaba al supuesto pasado de Barea como comunista. Pero Barea nunca fue comunista. La gira fue tan exitosa, relataba un informe de la embajada británica en Buenos Aires, que el principal problema de Barea “era evitar ser festejado, agasajado y agotado por hordas de admiradores y entusiastas.”

La BBC no conserva ninguna de las charlas semanales. Se supone que las fueron destruidas por razones de espacio. Pero sí tenemos en la exposición su entrevista para Radio Cordoba en Argentina, durante su gira.

Barea vivió los últimos diez años en Eaton Hastings, en las afueras de Faringdon, condado de South Oxfordshire, en una casa llamada Middle Lodge situada en la finca de lord Faringdon, quien se la alquiló sin electricidad (se iluminaba con lámparas de aceite) en unas condiciones muy favorables. Este excéntrico lord, miembro del Partido Laborista y partidario de la República, había convertido su Rolls-Royce en una ambulancia que, en 1937, condujo hasta el frente de Aragón para usarlo como hospital de campaña. De regreso, y en mayo de ese año, dio cobijo a un pequeño grupo de los casi 4.000 niños vascos evacuados en el barco Habana a Inglaterra, después del bombardeo de Guernica. Es el grupo más grande de refugiados que se hayan acogido nunca de una sola vez en Inglaterra. La placa sobre el pub la diseñó mi amigo Herminio Martínez, quien había viajado en el barco a los siete años de edad.

Barea murió de un infarto de miocardio en su casa, el 24 de diciembre de 1957, sin haber vuelto a ver a ninguno de sus cuatro hijos, los que tuvo de su matrimonio frustrado con Aurelia Grimaldos, ni a sus tres hermanos, salvo Concha, que lo visitó en Inglaterra. Su hermano Miguel fue detenido después de acabada la Guerra Civil, acusado de “auxilio a la rebelión”, juzgado y condenado a veinte años y un día. Murió en la cárcel de Ocaña (Toledo) en octubre de 1941.

El archivo personal de Barea fue donado a la Biblioteca Bodleiana en Oxford el febrero pasado por una sobrina de Ilsa, algo que Barea probablemente habría querido, dado que Inglaterra le dio refugio y la tranquilidad para poder escribir después de ser testigo de tantos sufrimientos y horrores.

Los hijos de Barea permanecieron en Madrid tras la guerra hasta que lograron instalarse en Brasil en los años 50. Unas cartas de Barea a su hija Adolfina, que llegaron a mis manos, ahondan en el desgarro familiar: “En toda esta historia existe el desastre de vuestras vidas; pero la mayor culpa de este desastre ha sido ajena a mí. Ha sido causada por la Guerra Civil, primero, por la guerra en Europa, después, y también en gran medida por la ceguera y el rencor que impidió que al menos alguno de vosotros se reuniera conmigo”.

Cuando murió, Ilsa mandó un telegrama a su hija Adolfina, seguido por una carta el 25 de diciembre, en la que explicaba que “la noche del 23 al 24 se le agudizaron mucho las molestias de la vejiga. Media hora después, hacia las tres, sintió una gran opresión en el pecho. No tardó diez minutos. Se murió agarrándose a mí, en mis brazos, de trombosis coronaria —que es un fin rápido, gracias a Dios, y no de sufrir prolongado”. La autopsia —necesaria porque al parecer no había razón para tal ataque cardíaco— mostró que tenía un cáncer en la vejiga que se le había desarrollado en los últimos meses y con rapidez. Tanto el telegrama como la carta están en la exposición.

Barea fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el cementerio protestante de la Iglesia de Todos los Santos en Faringdon, donde también estaban enterrados sus suegros austriacos. Se fue sin ver la publicación en España en 1977, dos años después de la muerte de Franco, de La forja de un rebelde, su trilogía autobiográfica, más de 30 años después de su aparición en inglés.

Barea nunca regresó a España. Lo que sí volvió fue su Underwood, la voluminosa máquina de escribir con teclado inglés que forma parte de esta exposición. ¡Qué tarea más laboriosa debió de ser marcar a mano todos los acentos! Cuando Barea murió, Ilsa, su mujer, se la regaló a su dentista, un buen amigo suyo, y posteriormente cayó en manos de una amiga de la hija de éste, que lo trajo consigo cuando vino a vivir a España. Luego pasó a manos de un amigo mío en Madrid

Una de las pocas cosas que Ilsa llevó cuando regresó a Viena, su ciudad natal, después de la muerte de su esposo, fue el segundo manuscrito en español de La forja de un rebelde (la re-traducción); pero cuando ella murió en 1973 lo tiraron a la basura: parece que nadie en su familia fue consciente de su importancia. ¡Menudo desastre!

Años después su muerte, una amiga íntima del matrimonio, Olive Renier, les levantó una lápida conmemorativa en el cementerio. “Hice construir una lápida”, escribió Renier, “porque no podía encontrar palabras para expresar mis sentimientos hacia ellos. Su destino fue un símbolo de las gigantescas pérdidas que sufrió su generación: el drama de España, el de los judíos, el de la socialdemocracia en Alemania, Italia, toda Europa…”.

Como explica Antonio Muñoz Molina en el catálogo, que reúne muchas cosas que no están en la exposición, “la paradoja inagotable de la vida de Arturo Barea es que necesitó perderlo todo para llegar a ser él mismo, para resolver la discordia íntima que lo había perseguido siempre. Perdió a su familia para encontrar su gran amor. Perdió la guerra y perdió su país para llegar a Inglaterra y convertirse en lo que había querido ser siempre políticamente, un ciudadano de una democracia”.

 

Publicado por Biex, el 09 de mayo de 2018, 11:17